Monday, March 8, 2010

GRAL DE DIVISION ROGELIO ACEVEDO GONZALEZ : DEFENESTRADO DE SU CARGO DE PRESIDENTE DE LA AERONAUTICA CIVIL DE CUBA








En el día de ayer 7 de Marzo, me enviaron por mensajería de Facebook el siguiente mensaje:

Orlando Zapata Tamayo El 07 de marzo a las 7:19 Denunciar
El general Rogelio Acevedo capturados con 137 millones dólares (EE.UU.) dentro de un tanque de agua en su casa de 6 de marzo - He recibido información de una fuente confiable dentro de
Cuba que el general Rogelio Acevedo, presidente del Instituto Cubano de
Aviación Civil (ICAIC), fue capturado en el lavado de dinero.

Según estas fuentes, los agentes de seguridad del Estado encontró EE.UU. 137
millones dólares escondidos dentro de un tanque de agua en la casa de
Acevedo. El régimen no quiere causar un gran escándalo por el incidente.
Acevedo se le pidió la renuncia y enviado a casa tranquilamente en pijama un "plan", similar a un arresto domiciliario.

Mientras la búsqueda de una foto del general Acevedo, he visitado esta página
que Granma tiene con las fotografías de los generales de Cuba: Granma

Una
foto que utilizan para estar allí, del general Acevedo con el dictador
de Cuba, Fidel Castro, se ha ido. Sin embargo, el texto todavía está

Realmente confieso que no creí del todo en la noticia, fundamentalmente en la cantidad de Dollares( que según me comentan ) le ocuparon en un tanque de agua.

No obstante me puse a buscar y:


Hoy revisando en la Web , me percato que en la tarde aparece la noticia (algo similar) en la Web CubaDebate. Se las dejo y le agrego mas información encontrada que espero les sirva a los lectores para que saquen sus propias conclusiones.
Como siempre les comento los exhorto a todos ser cada dia mejores seres humanos.
Saludos
LD



Liberan de su cargo a presidente de Aeronáutica Civil de Cuba


El Consejo de Estado, a propuesta de su presidente Raúl Castro, previa consulta con el Buró Político del Comité Central del Partido Comunista, acordó liberar del cargo de presidente del Instituto de Aeronáutica Civil de Cuba a Rogelio Acevedo.

De acuerdo con una nota oficial, en su lugar aprobó promover al general de brigada Ramón Martínez, actual segundo jefe de la Defensa Antiaérea y Fuerza Aérea revolucionaria.

Martínez cursó estudios en la escuela militar Camilo Cienfuegos, de Cuba, y en la antigua Unión Soviética como piloto de aviación de helicóptero.

Es graduado del colegio de defensa nacional y de la Academia Militar Máximo Gómez; cumplió dos misiones internacionalistas en la República de Angola en los años 1978 y 1984, participando en múltiples acciones combativas.

El reporte informa que a Acevedo se le asignarán otras tareas.
(Con información de Prensa Latina)

http://www.cubadebate.cu/noticias/2010/03/08/liberan-de-su-cargo-a-presidente-de-aeronautica-civil-de-cuba/
Síntesis Biográfica:

Nació en la provincia de Las Villas en 1942.

Graduado en Ciencias Militares en la Academia del Estado Mayor de la URSS en 1979.

General de División. Desde 1989 ocupa el cargo de Presidente del Instituto de Aeronáutica Civil.

Es miembro del Comité Central del Partido desde 1965.

A los quince años de edad se incorporó a las guerrillas de la Sierra Maestra. Combatió en la Columna Ocho “Ciro Redondo” bajo el mando de Ernesto “Ché Guevara”.

Desde el triunfo revolucionario en 1959 ha participado en las distintas etapas organizativas del Partido Comunista de Cuba hasta su formalización definitiva en 1965.

En 1959 fue Jefe del Estado Mayor de las Milicias Nacionales Revolucionarias. Ha desarrollado Ia mayor parte de sus actividades dentro de las Fuerzas Armadas. Fue Jefe del Ejército del Centro en 1964. Ha ocupado la Jefatura del Ejército Oriental en dos ocasiones: 1968 y 1981.

Como delegado del Buró Político en la provincia de Camagüey en 1969, tuvo a su cargo la supervisión de la denominada Zafra de los Diez Millones. Cuando se fundó el Ejército Juvenil del Trabajo en 1967 fue el primer jefe de ese cuerpo.

Fue Viceministro de las Fuerzas Armadas a cargo de la

Retaguardia en los años ‘72 y ‘83.

Ocupó la jefatura del Estado Mayor de la Misión Militar Cubana en Angola. Desde 1985 hasta su designación actual fue Viceministro a cargo de Ia Dirección Política Central de las Fuerzas Armadas




General de División Rogelio Acevedo González

Pensaron que me rajaría
Al primer contacto da la impresión de ser una persona impenetrable. Después que lo tratas, te percatas que esa imagen es injusta. El General de División Rogelio Acevedo González es una persona con quien se puede mantener, durante horas, un ameno diálogo. Tiene una hermosa historia. Terminó la guerra con el grado de Capitán, a las órdenes de Ernesto Che Guevara. A lo largo de su carrera militar ha desempeñado funciones importantes. En un momento determinado, 1967-1972, fue delegado del Buró Político en la provincia de Camagüey. Además prestó ayuda internacionalista en Angola. A los dos meses de estar en la Sierra Maestra se alistó como voluntario para colocar una bandera del 26 de Julio en la cima de la loma del Hombrito. Esa es la actitud que ha tenido siempre: mantener en alto la bandera de la estrella solitaria
LUIS BÁEZ
¿Dónde nació?
En Caibarién, pero me crié en Remedios.
¿Cómo reaccionó su familia con el golpe del 10 de Marzo?
Recuerdo que ese día acompañaba a mi madre a una tienda de Remedios llamada la Bandera Cubana. La noticia llegó en horas de la mañana. Cuando mamá lo supo, ahí mismo metió un mitin contra Fulgencio Batista.
Entre otras cosas, dijo que este había sido el asesino de Antonio Guiteras. Yo tenía tremenda pena. Era pequeño, once años, y no sabía qué estaba pasando. Veía a la vieja muy exaltada.
¿Y su padre?
Papá era un español tranquilo. No le interesaba la política.
Estaba dedicado a su trabajo en la farmacia La Caridad, de la cual era socio.
También tenía varios carros de alquiler. Cuando mamá hablaba, él se quedaba callado. Lo que le gustaba era buscarle la lengua a la vieja.
¿En qué momento comenzó su actividad revolucionaria?
Cuando Fidel desembarcó no había ningún tipo de actividad revolucionaria en mi pueblo. Mi hermano Enrique por su cuenta y yo por la mía, en unión de algunos amigos, empezamos a hacer sabotajes por la libre.
¿Sabía que su hermano también andaba en esos trajines?
No. Un día subí a la azotea de casa y me encontré a Enrique preparando unos cocteles Molotov. Ahí fue donde me percaté que también estaba metido en el potaje.
Enrique y yo somos un poco perro y gato. Siempre lo hemos sido. Enrique es muy rebelde. Siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. Nos estábamos compartimentando el uno al otro.
Entonces comenzamos a realizar acciones en conjunto. Hasta un día que quemamos un poste del tendido eléctrico que estaba cerca de las caballerizas del cuartel de Remedios.
Después de tirar los cocteles Molotov, en unión de otros dos compañeros, me fui rápidamente del lugar en bicicleta. ¿Sabes lo que hizo Enrique? Se quedó observando cómo ardía el poste. Los guardias salieron en jeep. Él se echó a correr, pero finalmente lo agarraron e interrogaron como sospechoso.
¿Lo dejaron preso?
En ese momento no, pero a la una de la madrugada se aparecieron los soldados en casa buscando al hijo más chiquito de Máximo.
Se llevaron detenido a Enrique, que tenía 14 años. Lo tuvieron una semana en el cuartel y después en la estación de policía. Lo remitieron a los tribunales de Santa Clara y lo condenaron a un año de reclusión domiciliaria por ser menor de edad. A su vez, los guardias montaron un chequeo alrededor de nuestra casa.
¿En qué momento decidió irse para la Sierra Maestra?
Dos amigos me embullaron para irme a Estados Unidos, con la finalidad de incorporarnos a los grupos revolucionarios. Los yankis nos negaron la visa y decidimos irnos para la Sierra Maestra.
¿También se fue su hermano?
No. Como era tan indisciplinado lo "planché". Me fui con tres amigos del pueblo. Salimos el 27 de mayo de 1957. Cogimos un mapa de la ESSO y vimos dónde quedaba más cerca la Carretera Central de la Sierra Maestra.
Recolectamos unos cincuenta pesos. Cogimos tres mochilas. Las llenamos de comida, ropa y emprendimos viaje rumbo a Baire.
¿Cómo se enteraron sus padres?
Le dejé una carta a un amigo con la encomienda de entregársela por la noche. Era muy dura. Le decía a mamá que me iba a liberar de dos dictaduras: la de Batista y la de ella. Realmente, era muy fuerte con nosotros. Nos daba mucha leña. Nos llevaba muy recio. La carta le dolió en la vida a la vieja. Pero era la verdad.
Cogimos en Santa Clara un tren al mediodía que nos llevó hasta Bayamo. Ahí nos montamos en una máquina de alquiler y nos apeamos de noche en el elevado de Baire.
Ya en Baire ¿qué hizo?
Empezamos a caminar loma arriba. Íbamos rompiendo monte. A los cuatro o cinco días bastante agotados, nos encontramos un campesino, Benigno Sosa, arriero de mulos. Fuimos con él hasta su casa en el Alto de la Caridad.
Le preguntamos al guajiro por los rebeldes. Nos dijo que no conocía a ningún alzado por esa zona. Estábamos a 30 Km del lugar más cerca que habían estado los rebeldes en ese momento. Por esos días, el 29 de mayo, estaba Fidel atacando el Uvero. Benigno nos dio comida. Nos volvimos a lanzar loma arriba. Después de varias jornadas, lo único que se encontraba eran casas de campesinos desalojados y ningún indicio de los rebeldes.
Mis dos amigos plantearon regresar y se fueron. Me quedé dos días solo, dando vueltas sin orientación. No había un guajiro a quien preguntarle. Cada día me sentía más débil. Decidí regresar a casa de Sosa. Tenía mucha hambre. Solo me alimentaba de cogollo de caña.
Me quedé unos días en casa de Benigno. Pensé ir a esconderme a casa de un tío en Las Tunas. Me dio cincuenta centavos para que cogiera una guagua que me llevara de Guisa a Bayamo. En Bayamo no tenía dinero y además, no conocía a nadie.
¿Cómo resolvió la situación?
A principios de 1957 me hice miembro de la Agrupación de Jóvenes Esperanza de la Fraternidad (AJEF). Así se llama la organización juvenil de la masonería.
Me paré en una esquina del parque de Bayamo. Era mediodía. Me puse hacer el símbolo, un triángulo con las manos, que se hace cuando se necesita ayuda. Como a las dos horas se me paró al lado un muchacho y me preguntó si era AJEF. Le contesté: "En verdad". Se respondía de esa manera.
Le comenté que me encontraba en dificultades y la necesidad que tenía de ir a Las Tunas. Llevaba puesta la misma ropa con que salí de Santa Clara. Podrás imaginarte el olor. Me llevó a su casa. Me dio abundante comida. También un peso. Con ese dinero compré el pasaje y llegué a Las Tunas en horas de la noche.
Me dirigí a 13 de Octubre No. 253 que era donde vivía mi tío Faustino Acevedo. Era propietario de una finca, tres tiendas y una farmacia. Ya mi padre le había avisado que estaba desaparecido.
¿Regresó a Remedios?
No podía ni quería. El tío me montó en su camioneta y me llevó primero a una finca de un amigo a esconderme y una semana después para una tienda de él en Palo Seco, Guáimaro.
Me puso a trabajar en la tienda que tenía en la Cantera. En ella estuve un mes.
A la semana de estar allí se apareció Enrique, que se había ido de Remedios al saber que yo estaba en Las Tunas. Me sorprendió.
Al poco rato por casualidad llegó el tío y se llevó a Enrique para otra tienda que tenía a unos veinte kilómetros de donde me encontraba.
Días después volvió Enrique. Se había fugado de la tienda.
Decidimos irnos para la Sierra después de convencer a Enrique que era la mejor opción. En horas de la mañana nos fuimos para Bayamo y posteriormente, en distintos ómnibus, para Guisa. Acordamos reunirnos en la entrada del camino que va al poblado de Victorino.
Enrique hizo el viaje sin problemas, en el ómnibus que yo viajaba, a la entrada de Guisa, montó un soldado a registrar. Al verme, me preguntó de dónde era. Respondí que de Bayamo dando un nombre falso, y que iba a casa de un amigo a estudiar. Le di el nombre, era del hijo de un batistiano.
Una viejita que iba sentada en los asientos delanteros dijo que lo conocía. Habló bajito con el guardia y no ocurrió nada. Pasé un susto del carajo.
Al llegar a la Terminal fui al baño con tan buena suerte, que contaba con una salida al lado lateral de la calle. Increíble. Ni oriné. Salí que jodía. Fui adonde había quedado en verme con Enrique.
¿Lo encontró?
No. Pensé que lo había agarrado el ejército.
¿Qué hizo?
Pasaron algunas horas. Regresé al pueblo. Estaba angustiado.
Empiezo a darle la vuelta al parque y me encuentro a mi querido hermano Enrique sentado limpiándose los zapatos. Me había entendido mal. Cogí tremendo berrinche.
¿Qué decisión tomaron?
Cogimos como planeamos por el camino de Victorino. Caminamos hasta que divisamos una tienda. Desde alguna distancia pudimos observar que había dos guardias con sus respectivos caballos. Dimos marcha atrás. Nos escondimos en una cañada el resto del día.
Continuamos andando con mucho cuidado y llegamos a casa de Sosa. Allí en la zona encontramos un grupo de jóvenes que también se iban a alzar. Emprendimos viaje.
A los pocos días nos tropezamos con los primeros rebeldes. Eran de la tropa del Che. Nos llevaron adonde estaba el argentino.
¿Cuál fue su primera impresión?
Encontrarme a alguien que no era cubano al frente de aquella gente, no me gustó ni un poquito. No entendía por qué había un extranjero de jefe y no estaba Fidel.
También se encontraban los capitanes Ramiro Valdés y Ciro Redondo. Eran los filtros por donde pasaban a todo el que llegaba.
¿Qué le llamó la atención del Che?
Su seriedad. El respeto que todos le tenían. No sabía por qué. Después lo aprendería.
Nos hizo a mi hermano y a mí, a su manera, un interrogatorio de tercer grado de varias cosas. Trataba de comprobar si de verdad éramos estudiantes o infiltrados. Yo tenía 16 años y Enrique 14. Estábamos decididos a no virar para atrás. Finalmente nos aceptaron.
¿Cómo pasó la primera noche?
De madre. El primero que me ayudó y vi en él un profundo sentido humano fue Joel Iglesias.
Ya era teniente. Me trajo un saco de azúcar prieta. Le cosió delante de mí las dos orejas y le puso una soga a cada una, pero no había frazada ni nada. Hacía mucho frío. Enrique tuvo menos suerte. Se acostó en el suelo cerca de mí.
Como a las doce de la noche se rompieron las sogas que aguantaban la hamaca de saco y caí loma abajo.
Enrique al verme en esa situación, lo único que hacía era reírse. Esa primera noche no comimos. Pasaron repartiendo unas pastillas rojas que le habían capturado a los guardias en el ataque al cuartel de Bueycito, días antes.
Nuestro alimento fueron dos de esas pastillas de vitaminas, pensamos que era un invento asombroso para alimentar la guerrilla. Nunca más las volví a ver.
¿Cómo transcurrieron los primeros días?
Mal. A la semana seguía sin hamaca, sin nada. Por suerte, de los 30 muchachos que habían subido con nosotros, se fue la mitad, en menos de 10 días. La ley de la guerrilla era: el que se iba dejaba todo lo bueno que tenía, al que se quedaba.
Me hice de zapatos, mochila, sudario de los que se fueron. No se marchaban en cueros de milagro.
¿Con quién lo pusieron?
Me destinaron a una escuadra que comandaba el primer teniente Franco Cañizares, en el Pelotón de Ciro Redondo. Era un hombre de más de 30 años, de la burguesía terrateniente de Camagüey.
No era mal tipo. Conmigo se portó bien. Posteriormente, abandonó la Sierra y después del triunfo vino en la invasión de Girón como mercenario.
Empezábamos a caminar a las seis de la mañana y eran las seis de la tarde y no parábamos. Yo no aguantaba aquellas lomas que eran del "coño de su madre", además, con mucha hambre. Estaba débil. Eran condiciones muy difíciles por la falta de comida, lluvia, el frío, persecución del ejército y la aviación. Todo el mundo te tiraba a mierda. Me veían como un "mojonete". Algunos pensaban que estaba al rajarme, por lo tanto, para qué prestarles atención.
Por otro lado, si te caía gripe no había medicinas. Si no caminabas había quien te ayudaba, pero también el que no te ayudaba. Había de todo.
¿Cuál fue el primer combate en que participó?
El del Hombrito, el 30 de agosto de 1957. A las tres semanas entramos en acción con la escuadra de Franco.
A Enrique no lo dejaron ir. Por poco muerde un palo. Lo dejaron cuidando unas mochilas. Formó tremenda perreta.
¿Tenía algún arma?
Sí. Una escopeta 16 con cinco cartuchos. Nos pusieron en un firme para impedir que entraran los soldados.
Alrededor de las nueve de la mañana, se formó tremendo tiroteo. Me empezaron a temblar las piernas, la "quijá". Estaba tirado en la tierra. Si me hubiera parado me habría caído.
¿Qué sintió?
Pensé que no servía para la guerra. Me dije "después de tanto esfuerzo que he hecho y que ahora no sirva. Es del carajo".
Mi jefe Franco se percató de mi situación. Me puso la mano en el hombro, me preguntó cómo iba la cosa, que estuviera tranquilo. Me dijo que los guardias no podían pasar. Todo eso con gran calma y él de pie todo el tiempo. Me dio gran ánimo, se lo agradecí mucho.
Después la vida me enseñó que frente a una gente nueva hay que darle confianza y seguridad, y como en mi caso, luego se adapta al combate.
Esa es una experiencia por la que pasaban todos los novatos. Quien diga lo contrario no está diciendo toda la verdad.
¿Llegó a tirar?
Como a la hora nos ordenaron disparar en una determinada dirección. Cogí, metí mi cartucho, tiré. Se me cayeron dos balas que no recuperé. Me quedé solo con dos.
Cuando ordenaron retirada me puse de lo más contento. Al llegar al entronque de un camino comenzaron a tirarnos con morteros. Ahí vi por primera vez al argentino en un combate.
Nosotros íbamos caminando muy apresurados. El argentino marchaba con tremenda calma chicha. Con el tiempo me enteré que estaba bajo los efectos de un ataque de asma. Los guardias tirando tiros y el Che tranquilo. Me impresionó aquel hombre.
¿Cuándo vio a Fidel?
Fue de lo más simpático. Enrique y yo hicimos un plan para unirnos a Fidel. Dejarle una raya al argentino. Nos metimos con el Che todo el mes de agosto y septiembre y no aparecía Fidel.
Acordamos que cuando nos encontráramos con Fidel le diríamos: "Usted es el hombre que asaltó el Moncada, vino en el Granma, el que vimos en la revista Bohemia y nos queremos pasar a su Columna".
A fines del mes de septiembre de 1957, mediante el teléfono oculto del guerrillero, la gente empezó a decir "Fidel viene, Fidel viene". Enrique y yo activamos nuestro plan de lo que debía decir cada uno.
¿Y llegó?
Sí, pero con tremendo berrinche.
¿Supo la causa?
En aquel momento no. Lo supe con el tiempo. La cuestión fue que dos campesinos apellidados Beatón habían desertado y se habían llevado dos fusiles. Llevarse un fusil era algo muy grave. Había muy pocos en esos momentos en la Sierra Maestra. Eso se pagaba con la pena de muerte. Allí normalmente se hablaba con la garganta, con señas. De repente, vemos a Fidel hablando a todo pecho, bravo, dando instrucciones para que fueran a buscar a los desertores.
¿Qué impresión se llevó?
Tremenda. Ver a aquel hombre grande, barbudo, dando zancadas de un lado a otro. En un momento cogió la gorra y la tiró contra el piso acompañada de un rosario de palabrotas.
Todo el mundo estaba callado. No se oía una mosca. Enrique y yo nos miramos. Con los ojos nos hablamos. Nos quedamos con el argentino. Sí, nos quedamos con el argentino.
¿Cómo transcurrió su vida guerrillera?
Seguí con el Che hasta que es herido en un tobillo, en diciembre de 1957. Tuvo que permanecer en un lugar curándose. Con él se quedaron Camilo, Ramiro y otros compañeros. La mayor parte de la columna, alrededor de 70, pasamos con Fidel.
Participé en la Columna No.1 en un grupo de acciones, incluyendo el segundo ataque a Pino del Agua en el mes de marzo. No llegué a entablar conversación con Fidel. Yo era un soldado más.
¿Qué tiempo estuvo?
Unos meses. Cuando llegó Huber Matos me pusieron con él. Me entregó un M-3. Permanecí a sus órdenes hasta una tarde de abril en que fui a saludar al Che.
¿Qué ocurrió?
El argentino se encontraba en Las Vegas, comenzaba a organizar la Columna No.8. Al verme me preguntó: ¿Dónde estás vos? Le digo: "Con Huber Matos". Me contestó con una exclamación: "¡Con Huber!" La cara que puso fue tremenda. En ese momento no sabía el porqué de esa reacción.
Entonces, me dijo que si quería incorporarme a la columna que estaba formando. Le manifesté que sí. Me mandó a devolver el M-3 y al regreso me entregó una ametralladora trípode 30 que pesaba una enormidad y fui ascendido a teniente. En medio de la ofensiva del ejército, Fidel me mandó a buscar con la 30 al Jigüe.
Al llegar, ¿qué le dijo?
Lo primero que hizo fue preguntarme por qué me había demorado tanto en llegar con mi escuadra. Le informé que había arrancado tan pronto me habían avisado; que había estado toda la noche caminando.
¿Qué instrucciones le dio?
Coger para abajo del firme hasta el lugar más próximo a los guardias que cercábamos en el Jigüe, que allí abriera una trinchera, emplazara y empezara a disparar.
Mandó conmigo tres hombres y una Beretta. También me preguntó cuántas balas tenía. Le informé que mil. "Ahorra balas", precisó. Por la noche tiren con la Beretta ráfagas cortas, y no con la ametralladora. Esa es la primera vez que hablé con Fidel.
¿Qué tiempo permaneció en la trinchera?
Ocho días. A las 48 horas de estar tirando tiros teníamos tremenda hambre. No habíamos comido nada. Subí a ver cómo se resolvía.
Me encuentro con Fidel. Volvimos a hablar. Se interesó por la situación. Le expliqué que había subido a buscar comida.
En ese momento empezaba a comer; le habían traído un pedazo de pollo. Mandó a que lo picaran y me dieran la mitad. Lo que me trajeron fue un muslito y unas malanguitas.
Fidel, al ver aquello, se disgustó y expresó: "Dije la mitad", me comí la mitad y él se comió el muslito. Ese gesto me agradó mucho y me golpeó.
¿Se volvieron a encontrar?
Sí. En medio del combate cayó un proyectil de mortero arriba de la trinchera y afortunadamente no explotó.
Pensé que si las bombas de cien libras servían para hacer minas, el mortero igualmente podría ser útil. Lo amarré a una soguita y subí de lo más campante hacia donde estaba Fidel.
Cuando llegué me encontré con Pedrito Miret, que era el experto en explosivos. Le dije: "Mira lo que traje". Cuando le enseñé el obús de mortero 81 cambió de color. Solo atinó a decirme: "Muchacho, eso está al explotar, bótalo para el carajo".
Me explicó que tenía un detonador especial que si tropezaba con algo explotaba. Inexplicablemente no había estallado cuando cayó en la trinchera. Fui y lo tiré por un barranco.
Fidel, al verme, me preguntó lo que ocurría. Le expliqué lo del obús. Me dijo que había que tener cuidado, pues esas cosas eran explosivas. Me dio la tarea de bajar más y me entregó más balas para la Beretta.
Después que se rindieron los guardias, Fidel me mandó a buscar a la Comandancia.
¿Para qué?
Se interesó en conocer cuántas balas había tirado. Le informé que alrededor de quinientos tiros. Me dijo que me felicitaba, no por las que había tirado, sino por las que había dejado de tirar.
Al concluir el combate me asignaron un Garand y tres fusiles más, le pasé la ametralladora a Silverio Blanco, mi segundo en la escuadra, y me quedé con el Garand, Blanco llevó la 30 en la invasión hasta Las Villas. Murió de un tiro en la cabeza en Cabaiguán, combatiendo, con la ametralladora en la mano. Fue ascendido póstumamente a capitán.
¿Qué es lo que más le impactó de la invasión?
El hambre y el sueño. Fue una de las épocas más difíciles que he pasado en mi vida. El grado de depauperación a que llegó la gente fue tremendo. Todos los días caminábamos bajo la lluvia, con fango, agua y con mucha hambre, y los soldados tras nosotros o cercándonos.
Yo estaba fuerte. Me había adaptado a la guerrilla, pero a pesar de eso, el hambre me llevó recio. Además, la mayor parte del tiempo estuvimos con el agua, por lo menos, hasta la rodilla. Dos ciclones pasaron en esos 45 días de invasión.
En medio de esos males me cayó en el pie derecho una enfermedad que los guajiros le llaman mazamorra.
¿Qué lo produce?
Son unos bichitos que se meten en la piel y te arrancan la callosidad que teníamos en la planta del pie. Te dejan la piel en carne viva, sangrando, a la vez que se te hincha. Fui a ver a Oscar Fernández Mell, uno de los médicos de la columna. Le enseñé el pie. No tenía ningún medicamento que darme.
Me recomendó que me untara pasta de dientes. Me llené de pasta, pero como es lógico, no resolví nada.
Cada vez que daba un paso veía las estrellas. Hasta que me encontré un penco que me trasladó durante dos días. Me curé poniendo el pie al sol cada vez que acampábamos.
Imagínate en medio de una ciénaga, imposibilitado de caminar, rodeado de mosquitos. Eran mosquitos día y noche. Por otro lado, un hambre bestial. Cuando comías te entraban tremendas descomposiciones de estómago. Si ingerías queso muy seguido te daba estreñimiento. Toda esa situación con los guardias detrás de nosotros. Era tremenda "jodientina".
¿Ya tenía algún grado?
Sí, desde que entré en la Columna No.8 con el Che, era teniente. Cada vez que pedían voluntarios daba un paso al frente.
Para usted, ¿cuáles fueron los momentos más emocionantes de la invasión?
En medio de la invasión, tratando de pasar la línea de Baraguá, el compañero Armando Acosta, quien iba en la retaguardia, le disparó a unos guardias y estos nos descubrieron. Metieron mil cien soldados en la línea y nos rodearon, impidiéndonos el paso.
El Che mandó a varios compañeros, incluyendo al propio Armando, a hacer una exploración. No pudieron encontrar un hueco por donde pasar. A la segunda noche fue otro grupo y le cayeron a tiros.
A la tercera noche, pidieron voluntarios y fuimos Wilfredo Rosales Aleaga, Willy, y yo. Llegué donde estaba el argentino. Eran las cinco de la tarde. Al verme, me planteó que era necesario que buscara un lugar por donde pasar la columna. Me dijo que había conseguido un práctico: Ramón Guilarte, un negrito de la región. Después se demostró que realmente no conocía la zona y dijo ser conocedor para que lo incorporaran.
Nos encontrábamos en un monte de palos altos con el agua a la rodilla, a veces a la cintura, de noche sin linterna, ni luz. Teníamos que llegar a una línea de ferro-carril que estaba en una altura en medio de un descampado, pero para lograr el objetivo había que atravesar el monte.
Si es de día te ven, y si es de noche vas chapaleteando fango como una vaca metida en el agua y te caen a tiros.
Los guardias pusieron postas cada quince o veinte metros arriba de la línea, protegidos con sacos de arena. Nuestra misión consistía en buscar un hueco por donde pudiéramos cruzar la línea. Arrancamos a caminar.
¿A qué distancia estaban de la línea?
A unos 3 km. Como a las nueve de la noche, al llegar cerca de la línea, nos cayeron a tiros. Cada vez que nos movíamos sonaban los disparos.
En esos trajines se apareció un tren de línea (gascar) que al parecer, repartía comida a los soldados. Hubo un momento en que notamos que no paró. Siguió su camino hacia el sur. Dedujimos que se le acabó la comida o que no había más guardias de ahí en adelante.
Le pregunté a Guilarte "El Práctico" qué había para allá y me dice: "El mar". Le respondo: "cómo va a ser el mar si el tren siguió ese rumbo". Seguimos caminando y como a los 250 metros apareció un claro, un estero tremendo.
Para Guilarte era el mar, pero para mí un estero.
Nos metimos en el estero. En toda esa odisea caminamos como 300 metros paralelo a la línea y no sentimos bulla ninguna donde debían estar los guardias.
Cuando subimos a la línea, no vimos guardias en esa parte. Nos metimos como dos horas explorando la línea arriba de ella. Ya eran las cinco de la madrugada. Habíamos estado toda la noche.
Por dentro me decía, "ahora sí el argentino me tiene que felicitar". Habíamos encontrado un hueco después de estar tres días sitiados. Regresamos y le informamos al Che. Solo me dijo: "Está bien". Al otro día pasamos. No me dijo nada más.
En medio de la invasión, el Che licenció a unos 12 hombres que se rajaron. Lo más difícil para todos eran las condiciones de hambre y de marchar de noche en la ciénaga, bajo el asedio de los guardias y la aviación, por lugares que no conocíamos la mayoría de las veces sin guías.
Después del 1ro. de enero de 1959, ¿qué tarea le dieron?
Estuve en varias actividades hasta que me nombraron al frente de la construcción de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos en el Caney de Las Mercedes, en la Sierra Maestra. Tenía bajo mi mando a 500 soldados y oficiales.
El Che nos controlaba el trabajo semanalmente. Se aparecía en la avioneta. En la primera visita, me dio palos de todos colores: nos había dicho que había que trabajar 26 días y descansar cuatro; consideré que los cuatro eran los domingos. Pues no era así. Eran 26 días seguidos.
Ahí me mantuve hasta que fueron creadas las Milicias Nacionales Revolucionarias y fui designado su director.
¿Quién se lo informó?
El Che. Un día del mes de enero de 1960 se apareció en Las Mercedes y me comunicó que Fidel había decidido nombrarme Director Nacional de las Milicias y a Joel Iglesias, Presidente de los Jóvenes Rebeldes. Le entregué a Armando Acosta y partí para La Habana. Para mí fue tremenda sorpresa. Tenía dieciocho años.
¿Quién le daba las orientaciones?
El propio Che. Diariamente me citaba en horas de la madrugada en sus oficinas del Banco Nacional y me decía qué era lo que tenía que ir haciendo. Él nombró los delegados en cada provincia, previa consulta con Fidel.
En varias ocasiones también me reuní con Raúl, al igual que con Fidel, a quien se le ocurrió la idea de que todo el mundo tuviera un uniforme igual y que fuera una sola milicia, ya que cada institución quería tener la suya propia.
Así surgió la organización de los ba-tallones. Estaban integrados por 900 y 1 000 personas. En eso tuvimos una gran ayuda de Angelito (Francisco Ciutat) y Roberto (Ramón Soliva), dos militares españoles que habían peleado al lado de la República.
¿De quién fue la iniciativa de subir el Pico Turquino?
De Fidel. Sugirió que había que subirlo tres veces, para probar los candidatos a responsables de las milicias. Al que lo lograba se le permitía ir al curso de Responsables de Milicias. De 700 que llegaron a la Sierra Maestra, solo unos 500 pasaron la prueba.
Por cierto el viaje lo organizamos mal. Llevábamos dinero, pero no había aseguramiento de comida ni de nada. Comíamos cada día y medio o dos días. Se pasó mucha hambre y eso sirvió también de prueba. La creación de las milicias demostró una vez más la visión de Fidel.
¿Llegó a ser amigo del Che?
No. Honradamente no. Cuando se tienen 16 ó 17 años y la otra persona tiene más de 30 es muy difícil establecer una comunicación de igual a igual.
Tenía un nivel cultural mucho más alto que el mío. Era una persona a quien no era fácil acercársele, debido a su forma de ser. Medía a todo el mundo por la misma varita que él se medía.
Era un hombre supervaliente, diría temerario, para todas sus acciones. Hay valientes obligados y valientes temerarios.
El normal es el que cuida y hace cosas valientes. El obligado, es el que fue valiente una vez y tiene que seguir con el cartelito de guapo porque si no le dicen "pendejo".
El valiente temerario es el que hace lo que quiere en el momento que le dé la gana.
El argentino cada vez que te decía: "vos tenés que hacer esto, esto y esto"¼ Tenías que hacerlo, pues tú sabías que él lo hacía.
Mis relaciones con él llegaron a ser muy buenas, pero era difícil ganárselo. Sinceramente, no pude hacerme amigo de él. Sí fui amigo de Camilo. Al igual que soy amigo de Raúl.
¿Qué sobresale en Raúl?
Su espíritu humano. Cuando metes la pata te hala las orejas y quedas cabrón contigo mismo por haber cometido un error. Cuando haces cosas buenas, no espera que tengas un montón de éxitos para felicitarte, te lo dice al momento y eso estimula. Es hombre de atenciones, de detalles.
¿En qué época estuvo en Angola?
En 1975 como jefe de Estado Mayor. Permanecí alrededor de 9 meses. En 1981 a 1983, volví como segundo jefe de la Misión Militar, estuve unos 2 años.
En la primera ocasión la situación era muy difícil y casi no dormíamos. El Comandante en Jefe nos había pedido al partir de Cuba, que quería que lo mantuviéramos informado de todo lo que pasaba. Diariamente le mandábamos dos partes. También nos planteó que aun cuando no hubiera información, se lo comunicáramos para saberlo.
El primero se lo enviábamos a las 13:00 horas y llegaba a La Habana a las 07:00. El otro salía a las 03:00 y lo tenía en sus manos a las 21:00 horas. Durante cuatro meses cumplí esta misión con un gran rigor. Fidel me felicitó por este trabajo.
¿Qué significó su nombramiento al frente de la Aeronáutica Civil?
Una alta responsabilidad que no esperaba, ni estaba preparado. ¿Es posible imaginar alguien que no es piloto, no es ingeniero de aeronáutica, que en medio del "verano caliente", julio de 1989, le den esa responsabilidad después que los directores anteriores habían cometido graves errores? Al llegar me encontré, como es lógico, un serio clima de escepticismo.
Yo no sabía nada de aeropuertos ni de aviones. Fue una tremenda responsabilidad. Me llevó por lo menos dos años conocer esa rama a profundidad. Debo destacar que desde el primer momento encontré un gran apoyo por parte de los trabajadores de la aviación.
Son gente muy buenas, profesionales, técnicas, que me han ayudado extraordinariamente a sortear todas las dificultades, que no son pocas, desde el periodo especial, con el déficit de las piezas de repuesto, los aseguramientos y hasta el combustible.
¿Cuál es la tarea más importante que tiene en la actualidad?
El apoyo al turismo. Tenemos que garantizar las condiciones en los diez polos turísticos: Habana, Varadero, Cayo Largo, Cienfuegos, Santa Clara, Ciego de Ávila, Camagüey, Holguín, Manzanillo y Santiago de Cuba.
Es imprescindible que esos aeropuertos estén a la altura y las capacidades que reclama el turismo. En estos momentos, Cubana de Aviación traslada el 15% del turismo que acude a Cuba.
Si no están creadas las condiciones óptimas en las terminales aéreas, los pasajeros pueden sentirse mal atendidos y no repetir su viaje a Cuba.
Por otro lado, las líneas aéreas tienen que tener combustible, comisaría, espacio donde parquear los aviones.
También tenemos una seria lucha por el buen trato, la calidad del servicio. Es de gran importancia que todo pasajero, cuando llegue a su lugar de destino, se encuentre satisfecho de la atención que se le ha brindado y que llegue seguro.
Junto con el apoyo al turismo, también brindamos una importante ayuda a la aviación agrícola y al traslado de pasajeros y carga internacional en la Operación Milagro y en apoyo al ALBA. Hacemos todo eso cubriendo con nuestros ingresos los gastos, las inversiones y dándole un aporte al país. Eso lo hemos logrado en los últimos 10 años.


http://www.granma.cubasi.cu/secciones/50_granma-80_fidel/secretos_de_generales/art25.html


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